Culturicidio versus genocidio: la realidad indígena en el Chaco
Trabajo desde siempre en el campo social, de los derechos humanos, no pertenezco a ningún partido partido político, escribo desde mi formación de posgrado en antropología social, desde mi experiencia como docente e investigadora en la universidad y de diez años con población indígena, en diferentes zonas del Chaco, cinco años en el impenetrable chaqueño. Con esto quiero decir que conozco lo suficientemente la realidad indígena como para dar un testimonio. Fundamentalmente intento escribir desde la honestidad, desde aquello que me enseñaron mis abuelos: el sentido y el valor de la palabra.
Desde que se produjo la demanda firme de respeto a sus derechos de los pueblos indígenas del Chaco, resumida en un petitorio elevado al gobierno, tal petitorio inmediatamente fue interpretado como una confrontación al partido o a la alianza que hoy gobierna esta provincia. Toda acción, palabra, reclamo indígena fue vaciado de sentido y traducido a la única lógica que constituye un paradigma del modo de hacer o entender la política en el Chaco: ser partidario se interpreta como sinónimo absoluto de la obsecuencia. Para asegurar tal lógica la estructura de poder debió ser fuertemente piramidal: los saberes, las decisiones (en este caso órdenes) deben ser impartidos de arriba hacia abajo, con una fuerte concentración de poder en la cúpula. Nadie puede o debe criticar, nadie debe peticionar, o participar en decisiones, pues tales actos son interpretados como confrontación al interés partidario.
Tal lógica tiene los premios y castigos que todos conocemos: apoyos económicos, cargos, honores, glorias, o todo lo contrario. Pero lo que se pierde en el camino son los valores, experiencias, capacidades, conocimientos, liderazgos naturales de las comunidades, las verdades, las diversidades, los derechos. Es una lógica que destruye el tejido social porque es la lógica de la conveniencia que pone al interés particular por encima del interés social, por qué no decirlo, es la lógica de la mentira.
Si alguna vez alguien pensó que todo lo imaginable se había podido vivir y ver en el Chaco, pues no, faltaba este capítulo. Este proceso que tiene como protagonista a la población indígena es un paradigma de la política en general y de la política cultural en la provincia.
Un gobernador que excluye el trato personal con los referentes elegidos hace pocos meses atrás por la mayoría de la población indígena en el Chaco, la dilación del comienzo de la solución de un problema que es una demanda histórica de esta población: la recuperación de su territorio (hoy se solicita la suspensión de la adjudicación de tierras públicas realizadas por centavos a particulares, sin respetar la condición de reserva ni los derechos de los pequeños productores rurales que las habitaban); el manejo de sus propias políticas y la administración de las mismas; la suspensión del racismo y la discriminación (que tiene como exponente paradigmático a Heffner, el intendente de Bermejito, aunque haya comprado a algunos indígenas –la mayoría “ex” porque han fracasado en diferentes instancias eleccionarias de su propio pueblo- para argumentar en su defensa), entre otras. No se reclama nada que hoy no esté ocurriendo en otros países con población indígena como Bolivia y México, por ejemplo.
Es verdad que el clientelismo político, el asistencialismo, ha destruido la moral de muchos indígenas. Algunos de los cuales hoy con declaraciones públicas traicionan o han traicionado los principios y valores de su propio pueblo. Pero es historia antigua, en América Latina la colonización muchas veces fue posible con el apoyo de conquistados que se pusieron del lado del conquistador.
“No somos una bolsita de mercadería en tiempo de elecciones, una artesanía” decía un dirigente, no podemos ser siempre objetos de utilización, como el rostro de una anciana indígena en una propaganda for export del gobierno (expuesto en la Bienal Internacional de Esculturas) para el negocio turístico en el Chaco.
Como decía: este proceso que tiene como protagonista a la población indígena es un paradigma de la política en general y de la política cultural en el Chaco. Cuando se ignora una cultura como la indígena: su cosmovisión, sus estructuras religiosas y de representación, la significación que tienen el territorio, el ambiente, los lazos comunitarios, el derecho al control político y gestión de su territorio, tal ignorancia no es inocua. La cultura está en estrecha relación con el territorio y las posibilidades de sobrevivencia. Cuando la cultura o la diversidad es ignorada, comienza a operar la máquina aniquiladora o desertizadora. Este es el sentido del título de esta nota: culturicidio (término tomado del texto de tal nombre, de Francisco Romero) versus genocidio.
La mortificación de las personas que están realizando la huelga de hambre, que memora la situación de un campo de concentración en plena Casa de Gobierno: hacinados en un cuarto sin ventanas y con luces encendidas todo el tiempo, la prohibición del contacto con la prensa que se les impuso, denunciado a la Justicia por el Sindicato de Prensa, la prohibición de ver a sus familiares, entre otras increíbles arbitrariedades, tiene un valor simbólico demasiado importante y poderoso. Es la dramatización del genocidio y de la memoria indígena, es la comprensión de la situación actual entendida como réplica de hechos como Napalpi y la Campaña al Desierto.
Hoy hay hombres y mujeres indígenas que están entregando sus vidas como sacrificio en la Casa de Gobierno, ya son veintitrés días de huelga de hambre, muchos tienen varios hijos pequeños. Sé que lo harán, que están dispuestos a “ocupar el lugar de nuestros ancestros”. A algunos de ellos conozco hace muchos años y me merecen un profundo respeto como personas. A Egidio García en particular dediqué especialmente mi libro “Danza en el Viento: Memoria y Resistencia Qom,” que recibiera paradójicamente un Premio Provincia del Chaco en el 2002. En lo personal me produce un gran dolor la situación que están viviendo, y por otro lado una profunda admiración por su dignidad inclaudicable.
Más allá de las interpretaciones del gobierno, o de los nombres y apellidos de quienes reclaman, lo que debe valorarse, que es lo innegable, es la verdad histórica de fondo, la autenticidad de la demanda, la posibilidad de los pueblos de vivir en paz, del modo en que culturalmente eligen vivir, sobre la base del respeto a sus derechos. Esta verdad es la que se pide que se escuche. “Esto es sólo un comienzo. No van a hacer callar nuestra voz –decía Egidio García- estas paredes no van a hacer callar la verdad, la verdad de los pueblos indígenas, la verdad de todos nosotros, los pueblos originarios del Chaco”.
Graciela Elizabeth Bergallo
Los indios extranjeros del general Harguindeguy
Por Osvaldo Bayer
Las bombas siguen cayendo en el mundo, ahora, al parecer, hasta se forman en la leche de las mamaderas de los bebés que suben a los aviones. El mundo del capitalismo y las religiones. ¿Qué nos puede esperar todavía? Todo es lucha por el poder y hay iglesias que señalan que el pecado está en el amor. El sexo es malo acaba de decir por radio el rector de la Universidad Católica de La Plata.
Pero hay seres humanos, los pueblos originarios que habitan en las pampas y bosques de nuestro país que, pese a toda la tragedia que han sufrido desde hace siglos, siguen luchando por sus derechos. Sí, los pueblos originarios. En épocas donde todo se vende y se arrasan los bosques milenarios y las pampas llenas de pájaros, los pueblos que viven de hace siglos y que siempre cuidaron la naturaleza como si fuese el único paraíso –y esto lo dijo Humboldt y no yo–, siguen incansablemente luchando –poniendo el cuerpo y no las armas– por el derecho a vivir en sus tierras.
Sí, lo que acaba de ocurrir en el Chaco nos tiene que avergonzar a todos los argentinos, a todos los argentinos sin excepción. El gobernador Nickisch se ha comportado como en los tiempos de Roca, cuando uno de sus intelectuales, Estanislao Zevallos, dijo en un debate parlamentario –en plena “Campaña del desierto”, a la cual, seamos justos, habría que llamar ya “Campaña de exterminio”– las siguientes palabras cristianas y occidentales: “Se decía que estos indios debían ser tratados con arreglos a la civilización y a la humanidad, colocándolos bajo el amparo de las leyes que protegen a los habitantes de la república. Y yo debo decir que si fueran considerados habitantes del territorio y como tales sometidos al rigor de las leyes, habría sido necesario pasarlos por las armas (fuera del amparo que la civilización y la humanidad otorgan a los buenos habitantes de un país”) (citado por Briones y Lenton). Sí y a partir de Roca, los argentinos nos fuimos “civilizando” cada vez más. Miremos esta cita de nada menos que el general Albano Harguindeguy, el ministro del Interior de Videla –el de la “desaparición de personas”–, quien en el congreso del centenario del genocidio cometido por Roca, realizado claro está en la ciudad rionegrina de General Roca, dijo que “la campaña del desierto logró expulsar al indio extranjero que invadía nuestras pampas” y agregó frente a historiadores y profesores del sistema: “Difundan ustedes incansablemente las enseñanzas que la historia nos brinda, porque son ustedes los más indicados para conformar el espíritu nacional y tienen en este tema una fuente inagotable de inspiración” (expresiones citadas por la antropóloga Briones). ¡Qué bruto, mi general! Usted justamente llama indios extranjeros a los que vivieron siempre en estas tierras que para ellos no tuvieron fronteras; usted, justo, de quien como yo, nuestros antepasados descendieron de los barcos. Usted los llama extranjeros. Además dice que lo que hizo Roca “tiene que servir de inagotable inspiración a nuestra civilización”. Se ve que aprendió bien, señor general, con la desaparición de personas. Podríamos llenar tomos del racismo de estos “próceres positivistas”. Como Joaquín V. González, ministro de Roca, quien en 1913, en su discurso ante el Senado, dijo nada menos que “felizmente, las razas inferiores han sido excluidas de nuestro conjunto orgánico; por una razón o por otra, nosotros no tenemos indios en una cantidad apreciable, ni están incorporados a la vida social argentina” (citado por Lenton). Recuerdo cuando en la secundaria nos obligaban siempre a leer los libros de Joaquín V. González. Sí, los aborígenes fueron excluidos, y en qué forma, a pesar de que, según estudios antropológicos, el 56 por ciento de la población argentina tiene precedentes de los pueblos originarios, para no hablar de muchos notables de nuestra independencia y de nuestra cultura.
Pero si bien esos pueblos fueron dejados de lado por la Argentina moderna, ellos no se rindieron. En 1946, los coyas y otros jujeños y salteños realizaron el “Malón de la Paz” (qué hermoso nombre en comparación con las palabras de los que hemos citado a favor del genocidio de Roca). La Paz. Iniciaron su marcha desde bien al Norte y llegaron a Buenos Aires luego de varias semanas de marcha. En todo el trayecto fueron aplaudidos por los pueblos que atravesaron. Sólo pedían que se les diera tierra para poder vivir con sus familias, que se les devolviera algo de lo que la llamada civilización les había robado. Llegaron a Buenos Aires, los recibió el presidente Perón, se les dio albergue en el Hotel de Inmigrantes (fíjese el lector qué fantasía de la realidad) y a los pocos días, por la fuerza, se los llevó a un tren de carga y se los devolvió a la tierra de donde habían venido. Sobre el caso se publicó un libro, La resistencia seminal, del antropólogo Arturo Sala. Y ahora está por publicarse un profundo estudio, de Marcelo Valko, titulado Los indios invisibles del malón de la paz, que ayudará a conocer la verdad sobre ese hecho y la increíble reacción de los poderes políticos de esa época.
Hace pocos días, los descendientes de los integrantes de ese Malón de la Paz iniciaron el segundo y obtuvieron parte de lo que reclamaban. Llegaron a Purmamarca y allí se firmó el acta por la cual se entregarán tierras a las comunidades. Al firmar, los representantes comunitarios pronunciaron la bella frase: “Jamás las tierras son entendidas como negocio. Tenemos el concepto de que son prestadas por las generaciones venideras”.
En cambio, en el Chaco, todo fue muy diferente. El gobernador no recibió a los representantes de las comunidades tobas, quienes iniciaron una huelga de hambre y acamparon en la plaza principal ante el desprecio total del poder político frente al pedido de diálogo del Instituto del Aborigen Chaqueño y los representantes de los pueblos indígenas de esas latitudes. Porque la realidad es que esos pueblos viven en la indigencia más absoluta y piden desde hace décadas títulos de tierra a comunidades para trabajarla y poder vivir con dignidad, como lo hicieron sus antepasados antes de las llamadas conquistas. Todo lo que se ha dicho oficialmente sobre los tobas en el sentido de negarse a trabajar es una mentira “civilizada”. Ya lo puso de manifiesto el profundo estudio de Bialet Massé, en 1904, donde escribió en Las clases obreras argentinas a principios de siglo: “Me fijo en primer término en el indio, porque es el elemento más eficiente del progreso importante en el Chaco: sin él no hay ingenio azucarero, ni algodonal, ni maní, ni nada importante. Es él el cosechero irremplazable del algodón; nadie lo supera en el hacha ni en la cosecha del maní”. Sobre Bialet Massé se ha filmado un documental de gran valor. Tendría que ser mostrado en todos los colegios y universidades para aprender la profundidad de la injusticia que se cometió con los pueblos originarios y los trabajadores en general y sus familias.
Y en la huelga de hambre de los miembros de las comunidades chaqueñas, en la propia Casa de Gobierno, ni siquiera se ha atendido el estado grave de la salud de los peticionantes. El gobernador radical ha sugerido que todo eso fue iniciado por sus enemigos políticos. Es muy fácil recurrir a esos argumentos. Señor gobernador: esos seres humanos, pobladores desde hace siglos de esas tierras, quieren eso que les corresponde: tierra. La antropóloga Graciela Elizabeth Bergallo ha escrito sobre esta falta de justicia en el Chaco: “No sé si hay palabras que sean suficientes para calificar la actitud e indiferencia del gobierno chaqueño ante los reclamos indígenas. Todas las excusas son insuficientes y estrechas, sólo ponen de manifiesto la decadencia, inhumanidad e incapacidad del cuerpo político para hacerse cargo de los derechos reclamados. ¿A qué intereses son serviles?”. Después, denuncia “el negocio realizado con las tierraspúblicas, parte de ellas comprometidas como reserva para la población indígena” y finaliza con palabras severas que demuestran toda la indignación por la forma en que se niegan la realidad y los derechos de todos: “El gobierno provincial será el único responsable de la tragedia que pueda acontecer”.
Mientras tanto, otra llamarada de indignación se enciende en tierras argentinas: Pulmarí. En el Neuquén de Sobisch. Allí los pobladores de la tierra han comenzado a ocupar las tierras que la naturaleza les dio y que los políticos de siempre venden por su cuenta, dan en concesión o como se llame. Por ejemplo, al empresario italiano Domenico Panciotto se le dieron tierras donde se encuentra el arte ancestral mapuche: cementerios y pinturas. Y Panciotto las utiliza con muy buenas ganancias en lo que se llama el “etnoturismo”, para europeos aburridos que quieren ver cómo eran esos salvajes, esos bárbaros, al decir de Roca. Por supuesto, lo primero que hizo Panciotto fue alambrar todo, como buen empresario capitalista. Le preguntaría al desaparecedor Harguindeguy, él, que llamó a los indios “extranjeros”, si Panciotto es el verdadero argentino que merecemos.
Fuente: Página 12